30 Oct

Derechos de la Infancia: derechos de protección y derechos de participación

AgYSJBSfYTxnaXwdtqp7C-np1-undPxWERO-zM1t72UI
Facebooktwittermail

En la historia de los Derechos de la Infancia podemos distinguir dos tendencias principales: por un lado, aquella que pone el énfasis en la protección y, posteriormente, también en la garantía de condiciones de vida dignas para los niños y, por otro, la que apunta a la igualdad de derechos y a una participación activa de los niños en la sociedad. Pese a que las dos tendencias no sean totalmente contradictorias, hasta hace muy poco, por lo general, han venido desarrollándose de manera separada.

La primera tendencia se plasmó de modo señalado, por primera vez, en la conocida como Declaración de Ginebra sobre los Derechos de los Niños, promulgada por la Sociedad de Naciones en 1924, y ha continuado mediante diferentes convenios internacionales hasta culminar en la Convención sobre los Derechos del Niño de las Naciones Unidas (1989).

La otra tendencia, menos conocida, sostiene que los Derechos del Niño deben comprenderse, ante todo, como expresión y medio para lograr la emancipación y la igualdad de derechos de los niños.

La primera manifestación de esta corriente está en la pedagoga sueca Ellen Key (1849-1926), que prioriza las necesidades de los niños y que aspira a una “pedagogía desde el niño”. En su obra titulada Amor y matrimonio (publicada en 1907) reclama algunos derechos para los niños que surgen del análisis de sus condiciones de vida. Así, exige la igualdad de derechos para hijos legítimos e ilegítimos y también el derecho del niño a la integridad física y a un trato respetuoso. Asimismo, recalca que los niños también tienen el derecho de ser “malos” y de no tener que ser siempre “buenos”, al igual que tienen el derecho de tener sus propias ideas y su propia voluntad sobre las cosas, de formarse sus propios juicios, de tener sus propios sentimientos.

Las aportaciones de Key se centran en cómo cambiar la conducta de los educadores, en cómo reformar las instituciones pedagógicas para que sean compatibles con las necesidades de la infancia y en cómo lograr mejores condiciones de vida y de aprendizaje para ella.

El pediatra y pedagogo polaco Janusz Korczak (1878-1942) fue más allá. Korczak en su primera obra pedagógica importante, Cómo amar a un niño (que escribió entre 1914 y 1916, y que fue publicada en 1919, en castellano en 1986), el autor proclama una Magna Carta Libertatis para los niños, determinando tres derechos fundamentales para ellos: “el derecho del niño a su muerte”, “el derecho del niño al día de hoy” y “el derecho del niño a ser como es”. A primera vista, “el derecho del niño a su muerte” causa estupor, pero sus explicaciones aclaran lo que Korczak quiso decir con ello: el derecho a la autonomía y a la autovivencia que muchas veces queda estrangulado por el exagerado cuidado y control de los padres. Con los otros dos derechos, hace hincapié en su convicción de que los niños no están en camino de ser personas sino que ya son personas completas que tienen el derecho a tener una vida propia.

Partiendo de este concepto, algunos años después, en un artículo titulado “El derecho del niño al respeto” (primero en 1928, en castellano en 1993), Korczak critica la Declaración de Ginebra sosteniendo que “confunde la relación entre obligaciones y derechos” y señalando que “en vez de exigir, lo que hace es tratar de persuadir: una llamada a la buena voluntad, una solicitud de comprensión”. Korczak observa también que la Declaración no reconoce la capacidad de los niños de actuar por sí solos: “El niño no hace nada, nosotros hacemos todo”. La relación entre adultos y niños está “trastornada por su dependencia material”. “Un mendigo, por lo menos, dispone libremente de las limosnas que recibe. En cambio, un niño, no tiene nada que le pertenezca, está obligado a justificarse por todo objeto que se le haya entregado para su uso. No puede romper, estropear o ensuciar nada, no puede regalar ni desechar nada. Está obligado a recibir lo que se le dé y contentarse con ello. Todo en su lugar y todo a su tiempo, tal como lo establecen las normas”. “Débil, pequeño, pobre y dependiente, falta mucho para que sea un ciudadano verdadero. Tratamos a los niños con compasión, rigidez, los ultrajamos y no los respetamos. Chiquillos, sólo niños, serán personas más adelante, pero ahora no todavía”. Con vehemencia, Korczak reclama una participación amplia de los niños cuyo “carácter es evidentemente democrático” y no conoce jerarquías. Exige que se les debe dar confianza, permitiéndoles que “se organicen”, puesto que “los verdaderos expertos en el tema” son ellos.

Facebooktwittermail

Facebooktwitter